Leonardo contaba con treinta años
cuando deseoso de encontrar nuevos campos para conquistar, dejó su ciudad natal
de Florencia, decadente bajo los Médici, y se dirigió a Milán que florecía bajo
el gobierno de Ludovico Sforza. Fue a él a quien le dirigió esta carta:
“Muy ilustrísimo señor:
Habiendo visto y considerado los
experimentos de todos aquellos que se dicen maestros en el arte de inventar
instrumentos de guerra, y encontrando que sus invenciones no difieren de las
conocidas, me animo (…) a solicitar a Vuestra Excelencia una entrevista en la
cual le haré conocer alguno de mis secretos.
Puedo construir puentes muy
livianos, fuertes y portátiles (…), y otros más sólidos que resisten el fuego o
el asalto y sin embargo, son fáciles de colocar en el lugar adecuado; y también
puedo quemar y destruir los del enemigo.
En caso de sitio puedo cortar el
agua de las trincheras (…).
Si debido a su elevación no es
posible bombardear un sitio determinado, puedo demoler cualquier fortaleza (…)
Puedo construir un cañón liviano
y fácil de transportar (…) cuyo humo causa gran terror al enemigo, por lo cual
no sólo sufren grandes bajas, sino que se sienten confundidos.
Puedo construir (…) en el mayor
silencio pasajes subterráneos y si resultan necesarios, bajo las trincheras y
bajo los ríos.
Puedo hacer catapultas. En una
palabra, puedo proveer infinidad de medios de ataque y de defensa.
En tiempos de paz, puedo construir
edificios públicos o privados. Puedo esculpir en mármol, bronce y yeso, y
respecto a la pintura, me es posible competir con cualquiera, sea quien sea.
Además podría encargarme de la ejecución del caballo de bronce que asumirá con gloria inmortal y eterno honor la memoria de vuestro padre y la ilustre casa de
Sforza.”
Leonardo obtuvo el trabajo y
durante 16 años sirvió a Ludovico Sforza, hasta que los franceses invadieron la
ciudad y capturaron a su amo. Da Vinci dejó de existir en 1519 a los 67 años.
Tomado de: “Leonardo: historia de un genio”, p.
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