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En la casa de Dios: unos rezan, otros combaten y los demás trabajan 3

“Mi nombre es Marcos y soy un modesto campesino –aunque no tanto como otros-. Despierto cada mañana pensando si lograré este año una buena cosecha para poder así alimentar a mi familia y entregar una parte de mi trabajo a mi Señor. He tenido que recurrir a su protección ya que la vida me ha marcado con muchas enfermedades, hambres y guerras.


Poseo un pequeño terreno donde planto, en una parte trigo, en otra cebada y el resto lo dejo en descanso después de arar bien la tierra con la ayuda del único buey que poseo. También tengo algunos cerdos y gallinas cuyo estiércol utilizo para abonar las tierras. 

La tarea es muy dura, por esto la comparto con mi mujer Elvira y mis cuatro hijos que pudieron sobrevivir a sus otros tres hermanos.         Una choza de adobe y paja nos protege, tiene muy poca iluminación por lo que nos reunimos alrededor del fuego en la única habitación donde se cocina, se conversa y se duerme. No tenemos más que unos bancos, una mesa y unos camastros de paja, unas jarras de madera, platos y unas cacerolas de barro que permiten preparar el caldo o guiso de legumbres que, junto con el pan, es nuestro alimento diario. La carne de cerdo la podemos comer sólo en días de fiesta.
                Mañana es el día de comenzar a trabajar la reserva de mi Señor junto a mis vecinos aldeanos. Sus dominios son tan grandes que parecen no tener fin. Además hay que arreglar los caminos y puentes que atraviesan las tierras y realizar la matanza del ganado antes que se aproxime el invierno.
                Dentro de pocos días tendré que ir a la feria pues necesito algunas mercaderías. Pienso intercambiar productos de mi tierra por sal, que es indispensable para conservar la carne en invierno. ¡Qué distinta es la vida allí, dentro de las murallas de la ciudad! Llega gente de todas partes y se quedan por varias semanas ofreciendo y comprando mercaderías. Me alegro de tener la posibilidad, al estar en la ciudad, de ir a la casa de Dios para ofrecer mis ruegos, pero me impresiona pensar en entrar a un lugar de tan grandes dimensiones y donde tanto el pobre como el noble pueden orar, confesar sus pecados y aprender a amar a Dios. Allí, además, podré agradecer a Dios por todo lo bueno de mi vida”.
Tomado de “Juguemos con la Historia” de Liliana Giacumo

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