“Mi nombre es
Marcos y soy un modesto campesino –aunque no tanto como otros-. Despierto cada
mañana pensando si lograré este año una buena cosecha para poder así alimentar
a mi familia y entregar una parte de mi trabajo a mi Señor. He tenido que
recurrir a su protección ya que la vida me ha marcado con muchas enfermedades,
hambres y guerras.
Poseo un
pequeño terreno donde planto, en una parte trigo, en otra cebada y el resto lo
dejo en descanso después de arar bien la tierra con la ayuda del único buey que
poseo. También tengo algunos cerdos y gallinas cuyo estiércol utilizo para
abonar las tierras.
La tarea es muy dura, por esto la
comparto con mi mujer Elvira y mis cuatro hijos que pudieron sobrevivir a sus
otros tres hermanos. Una choza de
adobe y paja nos protege, tiene muy poca iluminación por lo que nos reunimos
alrededor del fuego en la única habitación donde se cocina, se conversa y se
duerme. No tenemos más que unos bancos, una mesa y unos camastros de paja, unas
jarras de madera, platos y unas cacerolas de barro que permiten preparar el
caldo o guiso de legumbres que, junto con el pan, es nuestro alimento diario.
La carne de cerdo la podemos comer sólo en días de fiesta.
Mañana
es el día de comenzar a trabajar la reserva de mi Señor junto a mis vecinos
aldeanos. Sus dominios son tan grandes que parecen no tener fin. Además hay que
arreglar los caminos y puentes que atraviesan las tierras y realizar la matanza
del ganado antes que se aproxime el invierno.
Dentro
de pocos días tendré que ir a la feria pues necesito algunas mercaderías.
Pienso intercambiar productos de mi tierra por sal, que es indispensable para
conservar la carne en invierno. ¡Qué distinta es la vida allí, dentro de las
murallas de la ciudad! Llega gente de todas partes y se quedan por varias semanas
ofreciendo y comprando mercaderías. Me alegro de tener la posibilidad, al estar
en la ciudad, de ir a la casa de Dios para ofrecer mis ruegos, pero me
impresiona pensar en entrar a un lugar de tan grandes dimensiones y donde tanto
el pobre como el noble pueden orar, confesar sus pecados y aprender a amar a
Dios. Allí, además, podré agradecer a Dios por todo lo bueno de mi vida”.
Tomado de “Juguemos con la Historia” de
Liliana Giacumo

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