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En la casa de Dios: unos rezan, otros combaten y los demás trabajan 2

Hoy de mañana comenzó, en el castillo de mi Señor, el Duque Don Rodrigo – donde he sido enviado por mi padre, el Conde Ramiro, para prepararme como caballero- los festejos de la boda de su hijo mayor con la única hija del Duque Don Diego. 

Este matrimonio, arreglado desde hace algunos años, promete ser un acontecimiento inolvidable, ya que se reunirán mal de mil invitados a las celebraciones que durarán varios días. 

Esta última semana todo el feudo de mi Señor ha sido un verdadero hervidero. Los campesinos han reparado caminos, puentes y el propio castillo. Han sacrificado ovejas, corderos, cerdos, gansos y gallinas que serán devorados durante las festividades. Nosotros, los escuderos, junto con los pequeños pajes, hemos preparado las armas (ballestas, espadas y lanzas), las armaduras y escudos, para que estén impecables en las competencias que se realizarán. 

También hemos estado cuidando personalmente a los halcones y perros que serán utilizados en las cacerías, a fin de que nada salga mal. 

El castillo luce sus mejores galas. El fuego de la gran chimenea en la sala principal, enormes antorchas de resina, velas de cebo y lámparas de aceite iluminan e irradian un calor confortable. Espejos, tapices, alfombras, finos candelabros y objetos de adorno de vidrio y metal fueron distribuidos en las diferentes habitaciones. 

Ni que hablar del lujo de mi Señor y su familia. Finas alhajas, pieles de armiño, suaves telas de seda y terciopelo, forman parte de su vestimenta. 

Durante el almuerzo, el vino fluyó abundante, al igual que los alimentos exquisitamente aderezados con finas especias de Oriente. Mientras tanto juglares, trovadores, acróbatas, bufones y músicos entretenían a los invitados.

Lamentablemente en pocos días todo volverá a la normalidad y por tanto a la monotonía, al mobiliario sencillo y escaso, a la poca luz, al frío del castillo, a la comida común, al trabajo silencioso y constante de los campesinos, al rezo diario de los sacerdotes y yo, a mi educación caballeresca de duros ejercicios y rígida disciplina. 

Texto en base a: “Juguemos con la Historia” de Liliana Giacumo

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